De una cárcel en Cuba al exilio en Venezuela POR Ricardo Barbar

CRÓNICA

Fotografía de Ernesto Costante

Cuando Esperanza Mujica abrió el sobre, leyó un comunicado interno del ministerio del Interior de Cuba. En él se planteaba excarcelar a los presos políticos que tuviesen historial de buena de conducta. Ella trabajaba en la Sala de Gobierno del Tribunal de Pinar del Río y tenía acceso a la correspondencia por ser personal de confianza. Desde la cárcel del Combinado del Este, en La Habana, Pedro Hernández Rizo, “Papo”, cumplía condena de veinte años. Llevaban meses escribiéndose a través de cartas. Esperanza creyó encontrar una posibilidad para ambos en aquel comunicado. Antes debía salir con una copia del lugar. Fidel Castro llevaba 17 años en el poder. Era 1976.

Esperanza sabía muy bien que ese tipo de cartas se engavetaban. Pero tenía una copia de la llave de la Sala de Seguridad, donde reposaba la correspondencia y donde ese día dejó el comunicado. Después de las 5 de la tarde todo el personal se iba y en el recinto sólo permanecía un guardia vigilando. Cada cierto tiempo, el Ministerio del Interior la llamaba y le solicitaba información sobre el número y clasificación de los presos.

Ese día le tocó.

El miliciano de turno se acercó. La saludó. Le preguntó cómo iba todo. Ella contestó que esperaba la llamada del ministerio para irse. Llamaron. Esperanza dio la información, pero se quedó. Calculó el tiempo que le tomaba al guardia hacer el recorrido. Escuchó los pasos. Los contó minuciosamente. El sonido de las botas golpeaba el suelo como si marcase los segundos en un reloj. Una vez que el guardia iniciara la ronda, saldría a buscar la carta a la Sala de Seguridad.

Y así fue.

—Salí y dejé todo como si hubiese ido al baño. Lo vi que estaba abajo. Me metí en la Sala de la Seguridad. Cerré las puertas. Estaba temblando. Abrí el archivo, saqué la carta. Esperé a que el tipo volviera a pasar la ronda. Conté los pasos. Me metí la carta en la blusa y me fui a mi lugar. La escribí a mano. Esperé a que volviera a pasar y bajara de nuevo. Guardé la copia de la carta en mi cartera. Volví a hacer el mismo procedimiento: me metí, cerré, puse la carta tal cual y esperé. El corazón me hacía bum bum bum. Si me agarraban me hubiesen fusilado.

Después de esto, envió el manuscrito por correo. La hermana de Pedro lo recibió y se lo llevó a la prisión. Pedro copió los datos y las referencias; luego destruyó el papel antes de presentar lo que rezaba en el comunicado. Meses después, el 24 de enero de 1977, salió de prisión bajo libertad condicional.

A pesar de esto, Esperanza nunca pudo comprobar si los datos del comunicado ayudaron a que su esposo saliera en libertad.

Esperanza Mujica retratada por Ernesto Costante | RMTF

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Sabía de Pedro mucho antes de conocer a Esperanza. Vendía libros en una de las salidas del Metro de Los Dos Caminos: allí lo veía siempre. Supe quién era verdaderamente el día que le pregunté si era comunista. Tenía 77 años y tres baipases en el corazón. El personaje me pareció interesante y lo escogí para un perfil periodístico de la universidad. Era octubre del 2014.

“¿Te parece que soy comunista?”, me respondió con su acento intacto, y la imprudencia me salió barata porque luego me contó que había vivido la dictadura de Fulgencio Batista, que apoyó a Fidel Castro pero terminó por disentir de su política comunista. El costo por apartarse de la camaradería a la que no se podía adversar fueron los casi 15 años que estuvo en prisión.

De vez en cuando, llevaba puestos unos lentes de sol adornados con mariposas que me hacían mucha gracia. Parecía no darse por enterado del asunto, y un día confirmó mi sospecha de que no eran suyos: cada vez que salía a trabajar, su esposa le ponía cualquier cosa para protegerlo del sol.

Pedro permanecía callado la mayor parte del tiempo, como si de su experiencia hubiese sacado el baluarte del silencio y encontrado en la lectura su refugio. La dictadura y los libros estuvieron relacionados en su vida como un leitmotiv. Comenzó a leer asiduamente a los 14 años, edad en la que lo detuvieron por primera vez.

Sucedió el 23 de diciembre de 1951: Pedro quiso sacar a un amigo que estaba detenido, acusado de tirarle piedras a una casa, pero consiguió que lo dejaran en el recinto junto a otro que lo acompañó. Los dejaron ir en la madrugada del 24 de diciembre. Pasado el tiempo, la lectura lo seguiría a tal punto que, en 1977, cuando recibió la noticia de que saldría de prisión, estaba leyendo Al filo de la navaja, de William Somerset Maugham. Desde ese entonces leyó todo lo que le cruzó por las manos.

“La lectura es una pasión que se hace fuerte tras las rejas, a la vez que supone una evasión cruda de la realidad. Es una toma de contacto con otros mundos donde la vida transcurre en el libre ejercicio de la inteligencia y la creación”, escribió en Cómo llegó la noche Huber Matos, excomandante del movimiento de Fidel Castro, quien sería después adversario político de la revolución.

Pedro recordaba cada fecha como si tuviese un calendario al lado.

A los quince años colaboró en casa de la mamá del secretario del alcalde de la capital. Su labor era llevar la correspondencia cuando Batista dio el golpe de Estado el 10 de marzo de 1952. Luego de perder su poder de facto, después de arduos enfrentamientos contra el Ejército Rebelde de Fidel en la Sierra, dimitió el 1 de enero de 1959 y se instauró el bastión de la revolución. Pedro continuó haciendo política y pasado el tiempo fue dirigente en la Escuela de Comercio de la Habana. Tenía 25 años cuando cayó preso en 1962 junto a otros integrantes del grupo al que pertenecía: el Movimiento 30 de Noviembre Frank País. La condena fue de 20 años por los delitos “contra la integridad y estabilidad de la nación”.

Fotografía de Ernesto Costante | RMTF

Los libros que más vendía, me decía, eran los que a él no le gustaban: los de Paulo Coelho y “los del niñito este, ‘Henry’ Potter” (era notorio que no le interesaban). Atesoraba la Biblia, Por quién doblan las campanas y El viejo y el mar de Hemingway, a quien dijo haberlo visto una vez en Cuba.

–No tuve trato con él –me comentó–. Fue un simple saludo. Además, en aquella época no tenía idea del personaje que estaba conociendo.

Con esta anécdota, el perfil para la universidad estaba resuelto. Lo titulé El oficio del fin de sus días, pues así se refirió a su trabajo como librero. Siempre me quedó el resabio de haber hecho un perfil incompleto: no supe cómo se había venido a Venezuela, cómo había conocido a Esperanza.

Pasaron dos años.

Esperé encontrarme con él en las primeras semanas de enero de 2016 para hacerle nuevas preguntas. Pero no lo vi más y entonces lo supe. Una vendedora que trabajaba a las afueras del Metro me lo confirmó: Pedro había muerto a principios de año.

En marzo de 2018, cuando iba hacia el Metro de Los Dos Caminos, vi a la vendedora que me informó sobre la muerte de Pedro. Le dejé mi número de teléfono para que se lo diera a Esperanza, pues era el único enlace que me quedaba. Días después me llamó y acordamos vernos.

Cuando nos encontramos, me contó que tenía seis años cuando triunfó la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959. Que de niña aprendió lo que significaba ser enemigo del Estado: su papá, Justo Antonio Mujica, fue prisionero político.

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El primer contacto de Esperanza con las fuerzas de Fidel fue el día que arrestaron a su papá. Unos milicianos irrumpieron en la casa de madrugada, lo golpearon y amedrentaron a la familia: Esperanza no olvida aquel revólver apuntándole la sien.

Nunca supo con certeza por qué se llevaron a su papá. La única sospecha, a partir de conjeturas que hizo en conversaciones familiares que presenció, fue una posible conexión con el éxodo de cubanos que hubo en los sesenta. Justo era abogado y firmaba los pasaportes. A su juicio, todos los de la profesión lo hacían y era legal, pero parece que en aquel momento atraparon a un hombre que mencionó a Justo durante un interrogatorio.

Fue entonces cuando lo arrestaron y lo llevaron al G2 de Pinar del Río. Lo trasladaron a La Cabaña. Justo pasó alrededor de 3 meses preso. Luego volvió a ser detenido cuando Esperanza tenía 15 años.

—Lo agarraron en medio de la calle y lo tiraron contra un carro. Me imagino que estaría conspirando. Eso era normal, Papo lo hacía. Estuvo casi un año preso y esa fue su última vez.

Justo le regaló a Esperanza el primer piano de juguete y le enseñó las primeras notas. Era aficionado a la música: tocaba de oído flauta y guitarra. Esperanza estudió piano desde los cuatro años y se graduó de músico a los trece en el conservatorio Zoila del Pino. Luego hizo su segunda carrera, Ciencias Jurídicas, y en esa etapa fue cuando conoció a Pedro.

Tenía veintitrés años cuando llegó a sus manos un periódico extranjero que no circulaba en la isla: Cartas de España. En las últimas páginas del periódico, había una sección donde las personas se postulaban para intercambiar correspondencia con gente del extranjero. Se enviaba la dirección y el periódico la publicaba en sus páginas.

—Uno buscaba al final las direcciones de los extranjeros: eso era como si tú te publicaras en Facebook –me cuenta–. Para un país democrático era normal, pero para nosotros era como salir de la cortina de hierro. Y como uno estaba tan aislado, pero tan aislado del mundo, empecé a buscar direcciones y a escribirme con jóvenes de otros países.

Esperanza se carteó con personas de México, España y de la propia Cuba. Pedro vio el nombre de ella y le escribió. “A mí me escribían muchos presos políticos. Inclusive él me contó que unos compañeros de presidio lo hicieron. Yo no le contesté a ninguno. Pero la letra de él me gustó, me gustó su redacción”. No sabía cómo era Pedro físicamente, todo lo que conocía era su forma de escribir y su caligrafía: “Tenía una letra corrida muy bella, pero escribía en letra de molde: pareja, perfecta”. En las cartas hablaron de proyectos, planes, deseos de estar juntos y de formar un hogar. De cosas que hablan los enamorados. Excepto de política. Después de los primeros intercambios, Pedro le adjuntó una foto.

Se escribieron durante dos años. Luego hubo una interrupción por un año, hasta que ella recibió nuevas cartas.

Esperanza nunca lo fue a visitar al presidio. La primera vez que se vieron fue en La Habana. Esperanza viajó con su familia y Pedro estaba de permiso. Lo dejaban salir por uno o dos días y luego debía volver a prisión. El régimen de Fidel comenzó a suavizar algunas cosas, pero hubo tiempos en los que no se permitía la entrada y salida de correspondencia. Tampoco visitas.

En una oportunidad, ella se escapó para verlo en Artemisa: un pueblo entre Pinar del Río y La Habana. Ahí estuvieron durante un día y él le preguntó si quería ser su novia.

—“¡Pero si tú estás preso!”, le dije. Se puso bravísimo y me respondió: “¡Dime sí o no!”.

Se casaron en secreto el 24 de marzo de 1977, dos meses después de que Pedro salió de prisión. Él tenía 40 años, ella casi 25. El papá de Esperanza murió 4 meses antes del casamiento.

Después de casarse, comenzaron a vivir juntos en La Habana. Tenían varios gatos y un perro que Pedro rescató cerca de la alambrada de la cárcel el día que salió de prisión. Lo llamó “Chachito preso político”.

Poco tiempo después, se filtró que Esperanza se había casado con un expreso político. Un día fue al centro universitario y unos compañeros la golpearon. La escupieron. La insultaron. Le dijeron traidora. La expulsaron de la universidad y perdió el semestre. Alguien logró hablar para que la dejaran volver. Al año regresó y se graduó en 1978.

—Cuando volví a la universidad y llegaba al salón me miraban horrible. En ese momento yo viajaba hasta Pinar del Río y me regresaba a La Habana sin visitar a mi mamá. A nadie. Los nervios eran horribles. El trabajo psicológico que hacen los comunistas es como la humedad.

Estando en La Habana, un día trataron de hacerle un acto de repudio: un escarnio público en el que un barullo de personas agrede física y verbalmente al que consideran “enemigo del Estado”, algo que todavía parece común en Cuba. Pedro les juró por lo más sagrado, con un bloque en mano, que si le hacían eso a su esposa les iba a reventar la vida. Para él ya habían sido suficientes los casi 15 años de presidio. Estuvo en cuatro cárceles: La Cabaña, el Combinado del Este, la Base Aérea San Julián e Isla de Pinos. Pedro Pérez Castro y Raúl Fernández, dos amigos de Pedro y de Esperanza, dieron fe de eso.

Pedro Hernández Rizo hizo una serie de manuscritos donde narró su experiencia en presidio

Pérez Castro era vecino de Pedro en Cuba. Compartió prisión con él en La Cabaña y en Isla de Pinos. Luego se encontraron en condición de exiliados en Venezuela. Raúl Fernández lo conoció en Isla de Pinos y en Venezuela se volvieron a amigos.

De la experiencia en presidio, a Pedro le quedó la marca de un bayonetazo en una nalga. También el recuerdo del simulacro de fusilamiento, cuando lo pararon frente a un pelotón, lo vendaron y dispararon al aire. Los planes de trabajo forzado; la tortura cuando metían a los presos en una fosa y le echaban cemento fundido. Lo más difícil, sin embargo, fueron las huelgas de hambre que Pedro describió como “una experiencia increíble” que repitió 12 veces entre 6 y 37 días. Raúl Fernández dice que Batista les arrancó la juventud y luego Fidel terminó de pisoteárselas.

Un día sucedió lo que tarde o temprano debía ocurrir. Esperanza pensó que ya era demasiado y le pidió a Pedro que dejaran Cuba.

Eligieron Venezuela.

Pérez Castro dice que desde 1977, en Cuba empezaron a liberar a algunos presos políticos que tenían la mitad de la condena cumplida o un poco más. Recuerda que surgieron unas conversaciones entre Cuba y Venezuela ese año. Un grupo de venezolanos ilustres y cubanos radicados en Venezuela se comunicaron con el presidente Carlos Andrés Pérez, y también con su sucesor Luis Herrera Campins. Venezuela accedió a darle visa a los expresos políticos y a ofrecer los aviones para el traslado.

—Los dirigentes de las organizaciones nos mandaron visas abiertas –cuenta Esperanza–. Al momento de irnos tuvimos que esperar porque una turbina del avión no funcionaba. Yo decía: “Nos vamos con una sola turbina, no importa”. Yo me quería ir. Venía llorando. En el aeropuerto, una mujer, miliciana, nos revisó: me encontró unas cartas y me las pasó por el picapapel. Cuando por fin arreglaron el avión nos fuimos. El 20 de diciembre de 1983 llegamos a Venezuela. Nos trajimos al perrito que se encontró Papo en la cárcel, Chachito.

Esperanza regresó a Cuba dos veces: en 2009 y en 2011. Esa última vez, la detuvieron y la interrogaron. Le dijeron que había un problema con su pasaporte.

—Me subieron a una sala donde había tres tipos: dos militares y un psicólogo, para amedrentarme. Me dieron una silla de playa, de cordoncitos de colores, malísima. Es psicológico: ellos quedan arriba y cuando tú te sientas quedas más abajo. Me levanté y les dije: “Me siento incómoda aquí. Lo que me vas a preguntar te lo voy a responder parada o me das una silla al nivel de ustedes, pero ahí no me voy a sentar”. Todo eso me lo hicieron porque Papo estaba activo aquí en Venezuela, para fastidiarlo. Pero yo viví en el monstruo y le conozco las entrañas. Todo con los comunistas es a propósito. Cada carta que juegan se la piensan.

Después de este episodio, Pedro, que nunca regresó, le dijo que no volviera a Cuba.

Esperanza y Pedro en Venezuela. Fotografía de archivo familiar

Esperanza extraña la isla. Dice que cuando emigras “emocionalmente eres el muerto y el doliente”. Sin embargo, a pesar de que su única hija emigró con sus dos nietos, dice que no quiere volver a emigrar.

—¿Qué voy a buscar fuera de Venezuela? Teniendo el bagaje de historia triste que tengo de que mi país no ha podido salir de aquello, estoy apostando a que Venezuela va a salir. Segundo, tengo las cenizas de Papo y eso es un proceso que tengo hacer en el consulado cubano. Yo no quiero deshacerme de las cenizas. No es que yo le hable. Yo no creo en eso. Él está ahí en su cajita. También tengo dos gaticas: una que era de él y la mía. Ya están viejitas. En el supuesto de que yo me las pudiera llevar, no van a resistir el vuelo. Yo espero cambiarme de lugar porque todo me recuerda a Papo. Compartíamos todo. Él me compraba rompecabezas. Cuando yo llegaba cansada me decía “Desestrésate, yo voy a hacer la cena”. Yo nunca estaba aburrida cuando estaba él.

En Venezuela, el primer trabajo de Pedro fue en la fábrica de helados Tío Rico. Esperanza se dedicó a dar clases de música, a sacarle provecho a su segunda profesión. Después, Pedro trabajó como jefe de seguridad del Centro Perú en Chacao. De ahí pasó a la Pepsi-Cola. De la Pepsi-Cola a la Coca-Cola. Lo despidieron en agosto de 1998. Desde ese momento se dedicó al oficio de librero hasta que murió. Vendió los primeros libros al lado del Banco Exterior en Los Ruices, donde le dieron dos infartos el 3 de noviembre de 2001. Pedro entró al hospital de El Llanito con un tabaco en la mano. Después dejó de fumar por recomendación del médico. Fue operado en 2004 y le pusieron tres baipases. “Mira –me dijo una vez señalando unas cicatrices en su pierna–, de aquí me sacaron las venas para el corazón”.

Fotografía de archivo familiar

Pedro llevaba años batallando contra una posible leucemia que no lo alcanzó. Sufría de síndrome mielodisplásico, una enfermedad en la que la médula no produce suficientes glóbulos rojos. El 2 de enero de 2016, pide que lo lleven al Hospital Universitario de Caracas. Sus pulmones comienzan a llenarse de líquido. A los dos días dice sentirse confundido: “Siento que se va la mente”. Empezó a perder la memoria. Su cerebro se quedó sin oxígeno, cayó en un letargo y dejó de respirar. El 10 de enero de 2016 le dio un paro respiratorio y murió. Tenía 79 años.

Al recordar a Pedro, Esperanza deambula con el pensamiento. Se queda absorta viendo la nada. Rememora cada lugar. Todo le recuerda a su esposo. De a ratos, sus ojos se entibian y se vuelven a secar. No llega a soltar una lágrima: el desenlace del recuerdo aguarda contenido. La observo, y me viene a la memoria una frase de Chico Buarque en Leche derramada: “cualquier cosa que recuerde ahora me dolerá, la memoria es una vasta herida”.

Los primeros días posteriores a la muerte, Esperanza tomaba una salida distinta a la que utilizaba Pedro para exhibir sus libros. Le daba la vuelta a la manzana para llegar hasta su casa. Sentía que lo veía.

Cada noche ocupa el lado de la cama de Pedro para no sentir su ausencia.

Antes le temía a la muerte. Ya no.


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