Esclavizado esclaviza Luis Aristimuño

Estar en este país, observar su dinámica económica y humana, además de oír las particulares experiencias de muchos venezolanos, me han hecho pensar en lo que antes me costaba: imaginar a Venezuela, después de la bestia chavista, dentro del liberalismo y saliendo del desastre. No desearía, sin embargo, que los problemas inherentes a un proceso como este fueran tratados de la misma manera.
El capitalismo en Perú fue implantado por el gobierno de Fujimori, paradójicamente considerado la primera neo dictadura del continente, ante el desastroso resultado de los populismos “democráticos”. Y a sus casi tres décadas se han cumplido los objetivos planteados: acabar con el hambre y la escasez, estabilizar los precios e impulsar la producción y la riqueza. Su PIB, el sexto más alto de AL, es el lado feliz de sus resultados. Pero, ¿es esto el desarrollo? Porque otros objetivos concomitantes, como minar sostenida y gradualmente la pobreza y, sobre todo, procurar calidad de vida a sus ciudadanos, aún están por verse.


La sociedad peruana está tirada por una maquinaria de producir riqueza mediante un trabajo prácticamente esclavista sobre los hombros del trabajador. Su jornada es de 10-12 horas, generalmente de lunes a domingo con un día libre. Y una simple suma arroja un panorama preocupante: si, además, se deben dormir por lo menos 8, el tiempo disponible para interrelacionarse, educarse, regocijarse e incluso soñar, lo ocupa el lavado de la ropa y el aseo personal. Esa situación impulsa a crear un negocio propio, cuestión que fuerza al esfuerzo individual, pero también ha llenado las calles y avenidas del país, a excepción de las zonas de lujo, de un buhonerismo apabullante: ventas y ofrecimientos de todo tipo, desde comida rápida, “amarres” de la pareja y abortos discretos.

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Ojo: a pesar de lo dicho ni por asomo pienso que debe ser cambiado por otro sistema, pues tal cosa no existe (el socialismo, lo sabemos, es la religión del odio). Lo que intento esbozar es que el liberalismo necesita de normas severamente aplicadas para ponerlo al servicio del trabajador, tanto como del inversor, pues, si se le deja el trabajo duro al primero y los beneficios a la libre anuencia del segundo, como creo que sucede acá –aparte de una acción política disociada de la realidad—, sobreviene la pretensión de querer esclavizar a quienes laboran por un sueldo, como ahora son víctimas todos los trabajadores, entre ellos los venezolanos.

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En fin, una vez librados del Pranato, en la implementación del necesario liberalismo se debería tener muy en cuenta que buena parte de los beneficios deben destinarse a favorecer la felicidad del ser humano, pues sin ello estará latente el peligro de otra bestia.

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