El complejo de Alexandria o el no mover las nalgas de la Alta Comisionada

Luis Aristimuño

Alexandria Ocasio Cortés es una legisladora norteamericana cuya figura y discurso han ido tomando cuerpo entre el electorado de su país como promesa de que el socialismo puede ser cosa diametralmente distinta al horror que estamos viendo en Venezuela o que ya hemos visto en otros países. En noviembre de 2018 ganó ampliamente un escaño en el Congreso, el del Distrito 14 de Nueva York. Lidera una organización que lleva por nombre una verdadera contradicción, “Socialistas Democráticos de América”. Y hace apenas una semana, cuando un periodista la enfrentó con la pavura venezolana y le preguntó si consideraba a Maduro un dictador, evadió totalmente el asunto y solo atinó a decir: “Es complejo”. Con ella se cumple, de nuevo, la máxima socialista de que la llamada “ideología” está por encima de la moral. Y fíjense que esta señora podría pasar por desinformada de lo que sucede en nuestro país. Pero el asunto ya es un lugar común universal: por más horroroso que sea lo que haya hecho alguien que se autodenomine socialista –porque ni siquiera tiene que sentirlo de verdad— nunca otro de la misma tendencia lo juzgará ni, menos aún, condenará.

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Una aberración que terminará por arrojar definitivamente al tacho de la basura a esa mentada ideología. En América Latina el caso de Michelle Bachelet nos lo remacha.

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Siendo ella la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (uf, me cansó el título), su comentario acerca del mismo horror no puede ser más descriptivo: desvió con astucia zorruna y cara de “yo no fui” la responsabilidad del chavismo, generalizando los efectos de la hambruna y los asesinatos, para culpar a los “bloqueos” económicos a que ha sido sometido el asqueante régimen narcotraficante. La encargada, ni más ni menos, de velar por los desvalidos ante el poder, culpa al castigo que el resto del mundo le propina al culpable para minimizar la culpa. Como figura relevante de la política latinoamericana, que ha sido presidente dos veces de su país, Chile, ¿ha estado totalmente ajena a lo sucedido en Venezuela desde hace 20 años? Esto no hay quien lo crea, pero es lo que intenta hacernos ver cada vez que habla de ello. Como si su conocimiento del asunto aún no se ha verificado porque sigue sin visitar el país. Y solo cuando el régimen va quedando aislado es que la Alta Comisionada (etc) sale a fijar posición y suelta semejante descaro.

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Pareciera que alguien, en ese circuito infernal donde el apellido Castro sigue siendo el rey, ha disparado el obturador que la mueve, como a los robots en que se convierten, indefectiblemente, las personas cuando adoptan la llamada “ideología”, o más bien la patología “de izquierda”.

 

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