El largo y empedrado camino del desgaste chavista Luis Aristimuño

 

Lo sucedido este 30 de abril, 1 de mayo y días subsiguientes constituye otro esfuerzo por la libertad, sin duda. No obstante, no se logró lo que exiliados y residentes ansiamos: el fin del régimen genocida de Maduro porque no hubo decisión de apego constitucional en los restos del ejército venezolano.
Pero algo queda bastante más claro: en Venezuela los asuntos entre facciones hoy no pueden dilucidarse mediante los instrumentos de la Política, pues esta, en tanto que administración racional de consensos y disensos para lograr objetivos comunes, lógica y obvia entre movimientos que luchan por el poder, en Venezuela dejó de tener cauces. Desaparecida la legalidad hemos llegado a un interregno de esos mecanismos y entrado a otra dinámica, mucho más inestable y cada vez más cercana a los usos de la guerra.


Lo paradójico es que este ha sido un final anunciado desde 1998 y suficientemente visible en la incapacidad e incivilidad intrínsecas en el chavismo llegado al poder. Incluso, los partidos de la oposición democrática, más que intuirlo, lo sabían: no hay sino que dar una ojeada a sus opiniones, de antes y después de esas elecciones, convertidas luego en verdades absolutas. Carlos Andrés Pérez, v.g., adelantó la destrucción del país por la llamada “izquierda” si esta ganaba aquella justa comicial. Y sin embargo, en los veinte años de chavismo nunca intentaron reinventarse para enfrentarlo con éxito.
Ahora han reaccionado con un liderazgo fresco al frente. Y no puede decirse que lo logrado sea poco: han unificado y relanzado el ímpetu en la ciudadanía por la lucha hacia la libertad; mientras, el mundo democrático reconocía al gobierno interino y desconocía y aislaba al régimen. Y con este último esfuerzo, aparte de liberar a Leopoldo López (cuya aparición inesperada algunos atribuyen el fracaso de un plan para la salida de Maduro), también han evidenciado que ese cúmulo de mezquinos intereses llamado, sólo por costumbre, “ejército nacional” no está dispuesto a acompañar a Maduro hasta las últimas consecuencias, como vociferaba Cabello; lo cual no significa que vaya a deponerlo para hacer regresar la democracia. Ni que esté a la orden del presidente interino, por cierto.


Es obvio que esa institución está despedazada y con pocas capacidades para responder cohesionadamente al interés nacional. 20 años de manipulaciones del G2 cubano, de acción corruptora chavista y de la riqueza fácil, abundante y rápida del narcotráfico, la han transformado en una diversidad de asociaciones e individualismos que minimizaron la influencia de principios unificantes, como “cuerpo”, “nacionalismo” u “honor militar”. Están unidas por una sola obsesión: aprovecharse de la posesión de las armas, usándolas o deponiéndolas, para salir del lío actual, pero con “impunidad absoluta” y con una gran cantidad del botín a salvo, como ha confesado Juan Guaidó: muchos de ellos se imaginan fuera del país y recibidos por sus familiares con esas fortunas mal habidas.
Así, me temo que la oposición al régimen seguirá andando por el camino más largo, arduo e impreciso hacia la libertad: el desgaste de la relación del pranato con los militares. Y si antes fue así debido a su negligencia para urdir nuevas estrategias, ahora no queda otra vía que la lucha de la gente la calle, con el saldo lamentable de muertos y heridos, aparte de la precariedad de la vida para quienes batallan presencialmente. Y ante ese alto precio a pagar, una pregunta sigue inquietándonos: ¿el sufrimiento de la Nación venezolana sería mayor con intervención militar externa o sin ella?

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