Muerte de Profesora jubilada por falta de atención médica en Cumaná es otro crimen de Lesa Humanidad

 

Sigue el parte de Guerra de fallecimientos por mengua en los hospitales de Sucre

 

Esta historia no me la contó nadie,  la viví; y la padezco casi a diario en este suelo del epónimo “Gran Mariscal de Ayacucho”, Antonio José de Sucre, tierra de valor y gallardía,  que ahora se ha convertido en morada  de desgracias; gracias a la patética gestión del mal llamado “socialismo del Siglo XXI”,  engendro del mal, confeccionado por unos verdaderos apátridas, hdp, que por los años 90, crearon una estratagema: El  Foro de “Sau Paublo” con los protagonistas de la chulería: los cubanos, quienes crearon una política genocida e inducida para secuestrar un país como Venezuela, que le permitiría financiar su isla; al narcoterrorismo impuesto, estableciendo obviamente un ejército de ocupación que  controla los primeros servicios públicos como la atención médica, entre otros, lo que conllevó a establecer un sistema de salud bajo la égida de  la Habana.

Recientemente acudimos a uno de los testimonios más atroces de esta película de terror padecida por todos los venezolanos y especialmente en nuestra capital sucrense, cuando la profesora María Antonieta Franco, (59), hija de inmigrantes italianos, egresada de la ya no ilustre, Universidad de Oriente en  el área de Castellano y Literatura de la Escuela de Educación, quien encontró su fallecimiento  por solicitar la atención de salud del estado. La todavía joven  educadora estuvo tres días compareciendo en los diferentes hospitales y ambulatorios de la ciudad; y después de un ruleteo considerable, fueron incapaces de realizarle una hematología para detectar de donde le provenía la fiebre, que probablemente, le generó una infección interna, quizás una asepsia que le ocasionó un paro a miocardio y con ello la muerte.

La Profesora Antonieta y su esposo Bladimir Mendoza

Cuenta el esposo de la desdichada mujer, el también jubilado, actor y trabajador cultural Vladimir Mendoza, que durante esos tres infaustos días, estuvieron en el ambulatorio de “Cantarrana”, el cual no cuenta con casi ninguna prestación para detectar una infección, en el Hospital Julio Rodríguez, mejor conocido como “Veterano”, antiguo Sanatorio Anti tuberculoso de Sucre, donde escasamente alcanzaron a que le hiciera una placa de tórax,  y por supuesto, en el Hospital Central de Cumaná, “Antonio Patricio de Alcalá” , donde finalmente la hospitalizaron para realizarle  los examen  es de orina y gota gruesa, porque el laboratorio de esta institución, no cuenta con los insumos o reactivos necesarios para químicas sanguíneas más profundas, por ejemplo, un perfil veinte, que hubiese arrogado los análisis, que bien hubiesen podido arrogar llegar un diagnóstico, el cual en ningún momento se determinó, sin embargo, le dieron de alta a la infortunada profesional.

Bladimir, su hija y esposa difunta

Antonieta a  quien conocí en los pasillos universitarios de los llamados “P”, donde alguna vez cursamos la cátedra de Hispano americana, dictada entonces, por el profesor Calzadilla, ella que dedicó 33 años de su existencia al servicio del Ministerio de Educación, institución que no registra hoy con ningún seguro  médico  para que sus trabajadores, ni  activos y muchos menos a jubilados, se les pueda cubrir la seguridad  social, a pesar de saber, de la erogaciones de recursos por los conceptos de polizas, que seguro están en la cuentas bancarias; y en paraísos fiscales, en las inescrupulosas manos de militantes y partidarios del PSUV, organización de  desvergonzados hombres y mujeres, que dicen conducir los destinos de una patria, que la arrastran a la muerte, a la miseria, como es el caso, que hoy le hacemos la crónica para testimoniar la patética y cruel realidad en Venezuela.

Bladimir y ptras de sus hijas

Lo más triste de esta situación, es que después de la muerte de la profesora, a esta familia le tocó vivir lo que a muchos venezolanos les ocurre hoy, el drama, el calvario de darle cristiana sepultura a sus difuntos. Nos relató el viudo, que cuando acudió atender el tema del  seguro funerario para cubrir los servicios moratorios, se encontró, que los mismos habían sido eliminados, sin previo aviso, ni consentimiento; y sin derecho al pataleo. Una urna sencilla  está por el orden de un millón de “soberanos”, lo que motivó acudir a la solidaridad vecinal y gremial, que gracias a Dios se correspondió con el momento. Basta decir, que está crónica es el testimonio crudo, rudo de un duro y cruel contexto: una narrativa con disimiles escenas del terror, al que nos han conducido, quienes se apropiaron por la vía de facto de nuestro territorio; y que más temprano que tarde tendrán que pagar por los crímenes de Lesa Humanidad como el relatado.

 

 

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