El hombre detrás de los partidos en Venezuela (del dinero y de los diálogos)

Un individuo, sumamente turbio, el vínculo entre dos grandes partidos opositores, bolichicos, jefes de medios y empresarios

Ilustración de la revista Exceso en edición sobre Enrique Alvarado (Exceso).

Un desliz lo expuso. Escribo desliz porque las nota en Al Navío Konzapata no duraron mucho publicadas. Era la pieza que faltaba en esta historia escandinava. Él mismo, Enrique Alvarado, acudió al medio para relatar lo que, pensaba, lo coronaba como un actor político relevante en esta trama.

«Los encuentros de este martes y miércoles en Oslo entre delegados de Nicolás Maduro y la oposición venezolana podrían ser consecuencia de un primer contacto entre la oposición y el Gobierno en Noruega. Este se produjo a finales de 2018 y en él participó la primera ministra, Erna Solberg», se leía, hasta hace unas horas, en Al Navío.

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«No es nuevo. No es la primera vez que hay encuentros entre el Gobierno noruego y la oposición venezolana. El primer antecedente se produjo en noviembre de 2018: Enrique Alvarado, hoy embajador de Juan Guaidó en Hungría, y Leopoldo López Gil, padre del opositor venezolano Leopoldo López, viajaron a Noruega en ese momento», continúa la periodista María Rodríguez en el medio.

La presencia de Leopoldo López Gil, padre del reconocidísimo líder opositor, pudiera explicar por qué la tozudez del jefe de Voluntad Popular en sumergirse en una nueva ronda de diálogos —pese a la hipersensibilidad de los venezolanos ante la palabra, los ensayos, basados, claro, en todas las experiencias anteriores—.

Pero aquí el nombre a subrayar es el de Enrique Alvarado. Hablando un poco de él, quizá se sepa, se aclare un poco, el comportamiento de gran parte de la dirigencia opositora venezolana —y la adulteración latosa de esa mantra de tres pasos que enarboló Guaidó como única bandera: el cese de la usurpación, Gobierno de transición y las elecciones, obstinadas, por cierto, por encabezar la fórmula (que si tiene un producto diferente si se altera el orden de los factores)—.

Dice quien lo conoce muy bien, compañero en Copei durante esos tiempos de Caldera, que Alvarado es un bocón, diestro instructor del arribismo y el casquillo. Quizá por ello salió corriendo a Al Navío, a narrar con orgullo su papel protagónico en una intriga que ha menguado la confianza de las gentes en su representación política.

Su trayectoria es censurable. Se le vincula, principalmente, con un gran escándalo de los noventas: el caso Samana.

A propósito, en una edición de noviembre de 1998 de la famosa revista Exceso, se lee:

«La empresa Oto Melara había sido contratada por el Gobierno venezolano para la repotenciación de sus fragatas. Al acceder el nuevo Gobierno, un fax —expedido en Miraflores circula la especia—, pero con el membrete aparentemente correcto, es enviado al Ministerio de Hacienda solicitando sea cancelado el giro faltante: una bicoca de 9,5 millones de dólares. Siguiendo los trámites regulares de contraloría, se expide el cheque y se deposita el pago en el banco que sugiere el supuesto representante de Melara. Cuando, meses más tarde, el emporio italiano vuelve a cobrar la misma deuda, se arma el escándalo. La cuenta donde supuestamente se hizo el escurridizo depósito habría sido de Adrián Kupferschmied. Acto seguido, el Congreso comenzaría las indagaciones para determinar si la Oto Malera —a todas estas quebrada— cobraba a las volandas, antes de ser intervenida, para no compartir la bioca o si alguien se metía en el medio para recibir el botín. El nombre de Enrique Alvarado aparece por primera vez metido en un embrollo cuando corre el rumor de que un cheque habría visto luz un día sábado de transacciones cerradas gracias a sus efectivas diligencias. Luego, cuando el diputado David Paravisini —en la comisión que investigó el caso— aseguró que ‘como alto funcionario de Miraflores, tenía que estar al tanto del movimiento’, aunque jamás lo interpeló. Y por último, cuando se le asocia a Kupferschmied por el mero hecho de ser su vecino».

Alvarado lo niega rotundamente. La indignación lo domina cuando ante él se refiere el caso; pero, en ese momento, y a sus espaldas, muchos socialcristianos, sin éxito, se acercaron al presidente Rafael Caldera para aconsejarle la expulsión del burócrata. Y burócrata, eso, he allí el mayor logro de Enrique Alvarado.

Pero ahora reaparece. Nuevamente en un cargo. De la nada, de ese ostracismo al que la misma dinámica venezolana lo había sometido, vuelve para representar al Gobierno de Guaidó en Hungría. «Y él ni siquiera debe hablar inglés —o haber estado en Hungría alguna vez en su vida—», dice alguien que lo conoce muy bien, sobre todo de aquellos episodios de los noventa.

Leopoldo López Gil y Enrique Alvarado junto a la primera ministra de Noruega.

Sonríe a todos, amigo de todos

A mitad de 2018, en un país americano, se organizó un encuentro entre destacadas personalidades de la región. Allí estaba Leopoldo López Gil, el padre del líder venezolano Leopoldo López. Junto a él un hombre sesentón, relleno y canoso, con lentes redondos. Era Enrique Alvarado.

Varios de los asistentes se sorprendieron. Pero el asombro no fue grato. Algunos incluso le esquivaron el saludo. Pero ahí estaba, de nuevo, en su afán protagónico, el antiguo secretario privado de Rafael Caldera.

Alvarado sigue junto a López Gil. Muestra de ello fue el viaje que ambos hicieron a Noruega en noviembre de 2018. Como el mismo Alvarado contó al portal Al Navío: «Leopoldo López Gil le planteó al Gobierno noruego que nos ayudaran a buscarle una solución al tema venezolano. Ellos quedaron en informarse de la situación venezolana y de involucrarse más en la resolución de conflictos».

La relación entre el padre de Leopoldo López y Enrique Alvarado pudiera tener varios orígenes. Algunos aluden a la cercanía de López Gil al Partido Popular de España y surge un nombre: el político cartaginés Eduardo Zaplana —luego de su exilio voluntario, Alvarado se refugió en Europa—. También, por otro lado, otros señalan sin misericordia como núcleo que los agrupa a todos: los bolichicos.

Enrique Alvarado junto a Leopoldo López Gil.

«Enrique le sonríe a todos, es amigo de todos. No discrimina», me dice quien lo conoció muy bien, otro compañero de trabajo de aquellos tiempos de Caldera. Y el diente se lo ha mostrado a empresarios enriquecidos bajo el chavismo, a dueños de medios de comunicación y a líderes de partidos políticos. Junto a ellos posa alegre.

Banqueros venezolanos, con mucho poder, son íntimos de Alvarado. Incluso el ex viceministro chavista Nervis Villalobos, detenido recientemente en España por corrupción y desfalco de Venezuela, se le asocia a Alvarado. También, y de forma particular, con el director del diario El Nacional, Miguel Henrique Otero.

Con respecto a Otero, la relación es más estrecha. El mismo Enrique Alvarado, como ya se entiende, bastante bocazas, charlatán, dijo al periodista Juan Carlos Zapata que él, en 40 años, había logrado conocer 90 jefes de Estado, 6 reyes y 3 papas. Los últimos que engrosan su considerable lista entraron porque viajó junto a dos hombres poderosos: Leopoldo López Gil y Miguel Henrique Otero.

«En estos dos últimos años, junto a Miguel Henrique Otero, editor de El Nacional, y Leopoldo López Gil, el padre de Leopoldo López, ha visitado 33 países», se lee en el medio Konzapata.

Enrique Alvarado junto al expresidente brasileño, Cardoso, y Miguel Henrique Otero.

Nervis Villalobo, el ex viceministro chavista que de un día a otro fue multimillonario, no habría sido muy generoso con Enrique Alvarado. Supuestamente, según reseñaron medios en mayo de 2018, Villalobo delató a Alvarado por una trama de sobornos. Esto último no pudo ser confirmado. Sin embargo, lo que sí es verídico, es la relación entre Nervis Villalobo y un miembro de la junta directiva de El Nacional.

En octubre de 2015 el diario estadounidense The Wall Street Journal reveló una investigación del Departamento de Justicia contra una gigantesca trama de corrupción que compromete a un directivo de El Nacional, a Dervis Villalobo y al exministro y exembajador chavista, Rafael Ramírez.

Juan Andrés Wallis, un abogado caraqueño, miembro de la junta directiva de El Nacional, controlaba una compañía llamada Atlantic. Según se lee en una nota que recoge la información del Wall Street Journal, publicada en el medio Infodio (dirigido por el prestigioso periodista de investigación Alek Boyd), «en enero del 2012 Atlantic contrató a Nervis Villalobos como ‘asesor financiero’».

«Villalobos es el tipo de persona a quien acuden para que Derwick Associates obtenga miles de millones de dólares en contratos sin licitación. Villalobos es contratado por Atlantic durante dos años, con una comisión del 4% en todas las ofertas que pueda generar», se lee en el medio dirigido por el periodista Boyd.

Derwick Associates, cabe subrayar, es la desacreditada compañía propiedad de Alejandro Betancourt López, Pedro Trebbau López y Francisco D’Agostino —este último, hermano de la esposa del dirigente venezolano y líder del partido Acción Democrática, Henry Ramos Allup—. Todos prosperaron gracias a provechosos contratos con el Estado chavista de Nicolás Maduro.

La trama es compleja y seguirle el rastro, aún más. Son muchos nombres, unos de ellos implicados en el mayor desfalco que ha sufrido una nación. Y, por alguna razón, que no trataremos de adivinar para parecer ingenuos, el nombre de Enrique Alvarado siempre surge. Al final, él sonríe a todos.

«Enrique Alvarado es quien contacta a los boliburgueses y los relaciona con otros», me asegura el mismo que compartió almuerzo con él en los noventa.

Corresponde utilizar el vulgar proverbio, dime con quién andas y te diré quién eres. No busco desvirtuar la nota con pequeñeces, pero no hay otra expresión que quepa. Si algo caracteriza a Enrique Alvarado, si algo lo ha caracterizado toda su vida, son sus relaciones.

Amigo íntimo del periodista Rafael Poleo, y de él tendrá mucho que contar su hija, Patricia Poleo, quien lo recuerda como un oportunista. «Es un individuo nocivo, dañino, insidioso», dice la reconocida periodista venezolana.

Cercano a Voluntad Popular pero, también, y quizá con mayor intensidad, a Henry Ramos Allup, cuñado del boliburgués Francisco D’Agostino.

Hace menos de un año Enrique Alvarado no solo posaba junto a Leopoldo López Gil sino, también, junto al secretario general de Acción Democrática, Ramos Allup. Lo acompañó en sus eventos en el estado Falcón y lo ha acompañado en otras oportunidades.

«Él y su esposa, María Carolina, son muy, muy buenos amigos de Ramos Allup y su mujer desde hace veinte años», me dice el antiguo compañero socialcristiano. Lo conoce bien, conoce la amistad y me comparte fotos.

Enrique Alvarado junto al secretario de Acción Democrática, Henry Ramos Allup.

Todas las referencias sobre Enrique Alvarado son malas, terribles. Una indagación a vuelo rasante, superficial, ofrece los mismos resultados: «Es un bandido», «extorsionador», «un hombre sumamente peligroso».

La gente teme hablar, y, sobre todo, enfrentarse a quienes rodean a Alvarado. Quienes lo han hecho, anteriormente, han tenido que confrontar una inclemente campaña de desprestigio en las redes sociales. El personaje es turbio, subrayan todo. Una mujer, que lo conoció muy bien, me recalca: «¿Turbio? Turbio se queda pendejo».

Es frustrante no poder mencionar a nadie, pero Alvarado está vinculado a líderes de la oposición, por un lado, y a los grandes individuos que han saqueado el país. Estos últimos, sostienen todos, atacan. Muerden duro.

El embajador

De una trayectoria turbia, de años sometido al ostracismo y a la opulencia europea, Enrique Alvarado reapareció en aquella reunión en el país de América. Como mandadero, segundón, de Leopoldo López Gil.

Meses después regresaba como invicto campeador a la dinámica de los cargos públicos. Como si nunca nada hubiera ocurrido, como si no estuviera asociado a la boliburguesía europea, a una masiva trama de corrupción, como si amigos de Caldera no hubieran pedido su remoción por su manejo bravucón y gangsteril de la política y su periferia. Como si Enrique Alvarado no fuera Enrique Alvarado, es designado embajador del presidente Juan Guaidó ante el Gobierno de Hungría.

«Su designación casi provoca la renuncia de otro embajador. Ha traído disgusto entre varios, ya designados, que lo conocen y han sufrido sus desmanes», dijo al PanAm Post, bajo condición de anonimato, un destacado economista venezolano.

Y así va el hombre detrás de los partidos. Ese que también juega con dinero y ahora promueve diálogos. Quizá esta nota lo sobreestima, pero, aunque sea, es el hombre de los contactos. De las relaciones. La pieza que faltaba, la que finalmente pudo dar sentido, a una trama nórdica y caribeña que a tantos ha molestado —y ha tenido confundidos—.

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