Los adecos muertos y los muertos adecos

Solo queda preguntarse, frente a la lápida de la democracia que vendieron por contratos: si esto es lo que sabemos, ¿qué será lo que aún se oculta?

El único que aceptó estar a la cabeza del partido fue Henry Ramos Allup. (Foto: Flickr)

De los jefes principales de la Acción Democrática que cogobernó con Rafael Caldera en su segundo período, ya no quedan ni el caudillo ni sus pupilos. La muerte de Lewis Pérez hace unas semanas, que sorprendió por inesperada a quienes le conocíamos, se lleva consigo al último organizador de un partido que fue capaz de mostrar una militancia certificada, en su mejor momento, de más de dos millones de ciudadanos. «Somos el partido socialdemócrata con más militantes en el mundo», le decía ufano a Sofía Ímber el presidente vitalicio del partido, Gonzalo Barrios.

En efecto, si se compara esa militancia con la del PSOE o el Partido Socialista alemán o francés, ni en sus mejores tiempos de gobierno alcanzaron tales cifras. Estamos hablando de que AD agrupó, en determinado momento, a más del 10 % de la población total del país y a un tercio del electorado de su época.

Y en esa organización gigantesca, con comités de base que iban desde los adecos agrupados en un barrio o urbanización, pasando por el comité de abogados adecos del organismo tal o de los ingenieros adecos de la dirección equis, requería organizadores a tiempo completo.

Esos organizadores, eran formados y fogueados en el sitio dispuesto en el organigrama para tal fin: la Secretaría de Organización. Y no era cualquier cosa y debe advertirse lo propio: quien era Secretario de Organización Nacional estaba prevenido al bate detrás del Secretario General, que por norma no escrita aspiraría la Presidencia de la República. Ese Secretario de Organización debía demostrar en ese cargo que era capaz de ser Secretario General. Y por descarte, también presidente.

Eso empezó a ocurrir desde la desgracia interna que fue la división que llevó a la derrota de Barrios frente a Caldera, en 1968. Ungido Secretario de Organización Carlos Andrés Pérez, organizó al partido del que sería luego Secretario general y candidato presidencial ganador en 1973. La organización quedaría entonces en manos de Piñerúa, que también seguiría la ruta a la Secretaría general y a la candidatura presidencial, sin éxito electoral. Y el mismo camino seguiría a su vez Jaime Lusinchi, desde la Organización hasta la Presidencia de la República. Su ascenso a la presidencia sería también el ascenso a la Secretaría de Organización de un personaje lo suficientemente gris como para ser equiparable al Secretario de Organización del partido que describe Antonio Gramsci: Alfaro Ucero.

Organizador incansable y tenaz, logró tener a su lado a Lewis Pérez, en una especie de cargo paralelo o espejo llamado Secretaria de Asuntos Municipales. Y en efecto, cuando a Alfaro le correspondió ser Secretario General, quien queda finalmente como su segundo, en el momento indicado, fue Lewis Pérez.

Hoy, todos muertos. Incluso, muerto el partido que dirigieron, que solo pudo mostrar unas escasas decenas de miles de firmas solidarias cuando les tocó renovar su militancia en el proceso de «validación» de partidos que montó de forma ilegal el CNE en su momento.

El sepultutero es el actual secretario general del partido, Henry Ramos Allup.

El pico y la pala del enterrador

Cuando después de la derrota de AD en 1998 siguieron las derrotas consecutivas en las elecciones a la Constituyente del 99, era más que obvio que ese año 2000 no podía seguir teniendo a la cabeza a los dirigentes que vieron caer el partido en la situación en la cual se perdió lo conquistado en 40 años. Lewis Pérez dice haber dado un paso al costado para lograr una renovación ordenada. Me lo conto un día en su casa, ante mi cuestionamiento lógico por la presencia de Ramos Allup a la cabeza del partido.

Fue un momento incómodo, pues mientras hablábamos del estado en el que se encontraba el partido, las malas acciones y la pérdida de rumbo, le dije a Lewis que los principales culpables eran los que le dejaron el control del partido, entre ellos, él.

Mordiéndose la lengua como acostumbraba cuando tramaba una respuesta, recuerdo que me explicó que, en efecto, la opción de Henry fue la última en mente: «A quien se le ofreció el consenso necesario para la reconstrucción del partido fue a Ledezma, quien lo rechazó».

En efecto, en 2000 Antonio Ledezma armó tienda aparte con su Alianza al Bravo Pueblo, organización con la cual intentó la reelección a la Alcaldía de Libertador, sin suerte. Logró, no obstante, llevar un diputado a la Asamblea Nacional en esas “megaelecciones”. Y esa curul fue para Liliana Hernández, quien se iría pronto a Primero Justicia.

El único que aceptó estar a la cabeza del partido fue Henry Ramos Allup. Pero no desde la Secretaría General, sino desde la Presidencia. Y así fue. Desde 2000 hasta 2003 estuvo en la presidencia del partido, con Rafael Marín como secretario general. Simultáneamente, fue jefe de la fracción parlamentaria en el nuevo parlamento unicameral creado por los redactores de la Constitución del 99.

En el 2003, fue capaz de lograr los apoyos suficientes para quedarse con el control total del partido. Allí, en esa labor, fue fundamental el apoyo económico de Francisco Morillo, que financió la toma por asalto de la secretaría general, gracias al pago en efectivo de los votos requeridos para obtener los votos. Miembros del CEN, Secretarios Generales seccionales y demás. Así se tomó el control de un partido que, en manos de Rafael Marín, se había «descontrolado» después de los hechos del 11 de abril, donde por cierto Ramos Allup tuvo una participación, siempre en la sombra, de la cual culpó a los demás, como siempre.

A partir de allí, la presencia en el Comité Ejecutivo Nacional estaba supeditada a un solo requisito: poder financiar al partido. Quien pudiera pagar la silla, se sentaba. Quien no pudiera pagar la silla, tendría que ser útil o ser cuota de alguno de los que sí pudiera pagar la silla. De esa manera, poco a poco, se les entregó puestos en la máxima instancia ejecutiva a Enzo Betancourt, presidente del Colegio de Ingenieros, quien pagaba (y paga aún) su presencia en esa silla con aportes fijos y eventuales, incluido el préstamo de los espacios de las instalaciones del ente gremial para actividades del partido. Lo mismo Yvett Lugo, presidenta del Colegio de Abogados de Caracas, Francisco Martínez, presidente del Instituto de Previsión del Médico, o Douglas León Natera presidente de la Federación Médica (estuvo en el CEN hasta que fue útil, ya no está), Esteban García Segura (exdirector del aeropuerto de Maiquetía y yerno del ex ministro Manzo González), entre otros personajes.

Algunos cargos son comodines. La Secretaria Femenina y concejal de Caracas Aixa López es la esposa del tesorero del partido, Luis Guevara, acusado de ladrón en su momento por Luis Piñerúa, quien se negó a ser candidato al Congreso en 1983 porque este personaje iba incluido en la fórmula. El Secretario Juvenil siempre ha sido un capricho de Ramos Allup o de su esposa, quien quita y pone a destajo, igualmente. Miembros como Carlos Prosperi o en su momento Ángel Medina y Freddy Marcano, eran simples presencias circunstanciales, presuntos herederos que se creyeron el cuento de ser los preferidos y no los instrumentos.

Tarde o temprano, se dan cuenta.

Y así, AD es una simple franquicia, disponible para quien la pueda pagar. Henry Ramos Allup, un simple comerciante, que despacha su bodega, se queda con el vuelto y dice además estar ganado a la lucha democrática. Una desgracia histórica sin parangón.

Un triste final

Hoy, en medio de la tormenta desatada por las revelaciones del PanAm Post a propósito del juicio que en Miami se sigue contra la empresa empleadora de sus hijos Rodrigo y Ricardo, queda al descubierto el zorro viejo que se encumbró en medio del desierto dirigencial que él mismo causó en AD. Se trata de un esquema de financiamiento ilegal que no permitió movilizar a su partido, como es usual en estos casos, sino que permitió el enriquecimiento personal y familiar, puso al servicio del régimen que permitió los negocios la inacción del principal partido opositor y además operó, en cada momento álgido, como órgano “normalizador” de las controversias políticas, cuando se desataba la acción de calle que ponía contra las cuerdas al régimen. A cada acción de calle una negociación promovida por AD. Por Henry o sus enviados.

La desnudez del jefe del osario en que se convirtió AD, llega a pocos días del cumpleaños número 78 del partido fundado por Rómulo Betancourt, quien decía que ese partido había nacido para hacer historia. Al final, la historia que se queda en la mente del venezolano común es la de la corrupción impune de varios casos, a lo largo de la historia. Aquel partido, al cual Hugo Chávez prometió freirles las cabezas a todos y cada uno de sus miembros, quedó vivo por 20 años sin que ninguno de sus miembros fuese llevado a juicio por ningún caso de corrupción. ¿Por qué ninguno de esos dirigentes acusados de corruptos, fue finalmente judicializado por el chavismo?

Si nos atenemos a lo revelado últimamente, parece que al chavismo no le molestaba la corrupción adeca, sino su hegemonía. Pareciera que eran capaces de pactar con los dirigentes adecos su supervivencia a cambio de conocer sus técnicas para permanecer impunes. Pareciera, además, que no tuvieron empacho ni los unos ni los otros, en pactar un modus vivendi donde todos fuesen felices, donde todos vivieran de los negocios del Estado y de la teta petrolera.

Era fácil hacerlo, si se tenía en cuenta que el otrora partido del pueblo, había caído en manos de un personaje capaz de entregar la acción política a cambio de contratos para su familia. Era fácil corromper a toda la oposición, si se mantenía en la nómina de la corrupción al máximo jefe del partido histórico, al catalogado de genio político y al cual toda la dirigencia opositora rinde pleitesía por ser, supuestamente, un zorro viejo de la política. El hombre con más “burdel” de la política venezolana, logró el objetivo que el chavismo requirió para mantenerse en el poder por 20 años: convertir la política en un prostíbulo donde cual meretrices los dirigentes ofertaban a sus hijos, esposas, cuñados y suegros a cambio de contratos que les sirvieran de pago por poner a sus partidos al servicio de un régimen destructor.

Solo queda preguntarse, frente a la lápida de la democracia que vendieron por contratos: si esto es lo que sabemos, ¿qué será lo que aún se oculta?

Quizás, aún nos quede mucho por descubrir. Ojalá estemos a tiempo de detener esta gran infiltración, freno inmenso al fulano «cese de la usurpación».

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Sobre el Autor

Luis Antonio Carvajal Chacón
Licenciado en Comunicación Social Universidad Cecilio Acosta del Zulia Locutor y Moderador de Radio y Televisión en el Estado Sucre CNP: 21.184

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