Las fuerzas banales del exterminio madurista

Luis Aristimuño

Ya sabemos que Maduro y sus asesinos están sentados sobre las bayonetas de la República fenecida. Y que la usan en contra de la población. Parece que tener cuchillos en sus traseros es una sensación a la que se han acostumbrado. Y que les gusta. Sobre todo porque les permite saquear el país de manera continua e impune.


Así, pues, la primera fila de las fuerzas de Maduro son las uniformadas, bestias con formas humanas, que, presas de una baja ambición, la de tener rápido unos reales con los que saciar sus instintos, dejaron atrás la decencia y el honor militar –si es que alguna vez llegaron a tenerlo— y hoy, ante la terca realidad que les dicta que nada es eterno, se cuadran ante la hiena roja de belfos ennegrecidos por la sangre derramada que baila la salsa.


La segunda fila –es un decir, pues sabemos que están de primeros— son los delincuentes de largas o cortas carreras. Estos, como nunca supieron de decencia ni de honor, han tomado el territorio nacional como coto de caza para sus correrías. De vez en cuando, al recibir una orden desde Miraflores, asumen la tarea de asesinar al pueblo que protesta en nombre de la libertad chavista.
Pero hay una tercera fila, más numerosa, menos visible y determinada, que ha llegado a ser La Mano de Maduro en la hora del saqueo: son los las decenas de miles, hombres y mujeres, que delinquen como si no lo hicieran, diaria y mecánicamente, convencidos o no de estar cumpliendo con su trabajo. Para ellos, no son, siéndolo, el más eficaz instrumento del exterminio implementado por Chávez y Maduro: son los “funcionarios” agrupados en torno a Gobernaciones, Alcaldías, Ministerios, Institutos autónomos y hasta en los más recónditos tugurios dedicados a las cajas CLAP de barrios y pueblos. Tienen, como la fila anterior, los delincuentes declarados, el país a su arbitrio para robarse lo que puedan, pero desde la gerencia, prevalidos de autoridad venal. Además, tienen la ventaja de no aparecer en las crónicas ni tener que dar entrevistas. Y huyen de la cercanía y el trato de sus propios amigos y familiares identificados con la oposición.


Su recompensa es jugosa: dólares en cualquier cantidad. Prebendas. Muchos y constantes regalos de proveedores que venden a sobre precio al Estado –en mi región, costera, son populares las cajas de productos marinos: calamares, camarones, pepitonas y la apreciada catalana–, celulares de los más costosos, ropas de marcas. Y, sobre todo, fiestas ruidosas y jaraneras. Y no los conmueve el hecho de festejar rodeados de una población, a la que conocen bien, así agonice de hambre y enfermedades sin atender.
Sintiéndoles, sabiendo desde mi exilio obligado que se creen en impunidad total, me pregunto de qué tamaños será su miedo, el que tratan de esconder trasegando whisky “mayor de edad” y asopado de mariscos, y los chillidos de desesperación que la mayoría de ellos entonará cuando les llegue la hora de pagar la costosa factura que ahora consumen.

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