(Opinión) De Contrapunteos. Por Américo Martín

  

Caracas, 6 de noviembre de 2019.

Por: Américo Martín

@AmericoMartin

Desde que Juan Guaidó, desde
su alta magistratura, llamó a la Asamblea Nacional a  designar el Comité de Postulaciones para
escoger un nuevo CNE el país  tuvo la
oportunidad de apreciar que la lucha electoral estaba en trance de comenzar.

¿Es que en algún momento nos
hemos librado de ella? Respondería uno de esos calculadamente depresivos, cuya
función en la vida es predicar pesimismo y levantar sospechas contra políticos
y parlamentarios cuando dan pasos llamativos en busca de salidas pacífico-electorales
como podría serlo la convocatoria del Comité de Postulaciones.

El Comité de Postulaciones
tiene, según el art 296 CRBV, el CNE estará integrado por cinco personas NO
VINCULADAS a organizaciones con fines políticos; tres de ellas postuladas por
la sociedad civil. Uno por las facultades de ciencias jurídicas y políticas de
las universidades nacionales y uno  por
el Poder Ciudadano. Es un mecanismo que, junto con el requisito del voto de las
dos terceras partes de la AN difícilmente podría favorecer fraudes, razón por
la cual, en el marco de la insistente presión internacional para inducir la vía
electoral, intentar burlarla sería altamente costoso.

La política suele desenvolverse entre contrapunteos y equilibrios transitoriamente estabilizadores, hasta que sus líderes construyan espacios de mayor consistencia. Aunque nada pueda descartarse  parece que las salidas extremas siguen perdiendo terreno mientras se abren paso las menos violentas. La indesmayable solidaridad con la Venezuela que pelea por su democracia y la recuperación de su prosperidad  han sido armas defensivas al punto que permiten formular esta defendible  política. En países de instituciones debilitadas, sumidos en crisis con vocación de perpetuidad, los retos electorales deben estudiarse en su singularidad, sin dogmas perfectamente sostenibles en  sociedades probadamente estables. Colombia es un caso digno de estudio. Conté diez guerras civiles, un golpe de Estado -El Bogotazo- y la guerra  revolucionaria conducida por Marulanda y sometida a virajes impresionantes desde su etapa de autodefensa de liberales “resistiendo” a terratenientes conservadores, luego estallaron los Años de la Violencia, de insólita crueldad como degollar rivales y sacarles la lengua por el cuello cortado, simulando una como corbata o burla demoníaca. La última etapa de la cruel guerra, hizo de Marulanda, y su   Secretariado los comandantes de un ejército para la  guerra regular dirigida a capturar el poder a la manera de Fidel y Ortega. Eso ocurrió en 1964 cuando fundaron las FARC-EP (ejército del pueblo) y la guerra llegó al tope, financiada por las industrias del secuestro y el narcotráfico y tal vez inicialmente más disciplinada y armada que la oficial de Colombia. ¡Y nada de eso impidió que los colombianos dejaran de votar!

¿Cuál, entre la Presidencia
y la Asamblea Nacional, si pudiéramos decirlo así es el poder más importante?
De hecho, al describirlos uno a uno, la Constitución comienza por el Poder Legislativo
Nacional y   al conferirle la función de
legislar, base del principio de legalidad, y el control con valor probatorio de
los actos del Gobierno y la Administración Pública (187, 1 y 3
constitucionales), confirma esa primacía. No obstante,  el presidente de la República  ha sido de hecho el mandamás, más en tiempos
de auge hiperpresidencialista.  No por
azar el socialismo SXXI es minoritario en las Universidades y demás establecimientos
educativos,  en los gremios,  en la Cultura, escritores y artistas,  sindicatos, sociedad civil, en la economía
productiva y no productiva. Para contener tan desproporcionada  relación de fuerzas, el gobierno se suele  refugiar en la represión, intensificando el
conflicto político-social y la peligrosa participación militar que  a nadie conviene.

   

Lo cierto es que si hablaran
en serio todos los que dicen favorecer soluciones electorales,  hace tiempo hubiésemos superado la crepitante
lucha que tiene en la primera línea de fuego a Nicolás Maduró y Juan Guaidó.   Guaidó 
habló más claro que el agua clara y la positiva respuesta de diputados
del PSUV no lo fue menos. De confirmarse tan notables anuncios quizá estemos
cerca del cauce de unas elecciones convenidas e impulsadas por los dos
agrupamientos decisivos de la sociedad, atraídos por el método más brillante
imaginado por el ser humano para resolver civilizadamente sus confrontaciones.

Lo merecemos.  Millones en diáspora y más millones viviendo
en condiciones desgraciadas podemos 
vivir en prosperidad con el corazón pleno de esperanzas.

* Escritor y abogado

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