(Opinión) ¿Debe un empresario participar en política?. Por Vito Vinceslao

   

Caracas, 20 de febrero de 2020.

Por: Vito Vinceslao

@vito_vinceslao

Para el año de 1979 se celebró en Ginebra un
coloquio que llevaba como título la siguiente pregunta «¿Debe un empresario
intervenir en política?». Este tema no quedo allí fue objeto de estudio en una
reunión celebrada posteriormente en Madrid por el World Business Council, y este
tema se siguió tratando en el coloquio sobre Un nuevo lenguaje político que se convoco algunos años
después en Divonne-Les Banis, con el propósito de analizar «la fosa de
incomprensión que se está creando progresivamente entre los electores y sus
elegidos y las dificultades de los políticos para hacer comprender a los
ciudadanos el significado de los debates parlamentarios y de las elecciones».

Ahora en la actualidad y con la crisis que hoy
padece el país, creo que el tema merece ser debatido a fondo, y por ello me aventuro
a resumir mis ideas sobre el mismo desde un punto de vista empresarial y con
referencia a la situación Venezolana en su totalidad.

La pregunta espinosa de responder no es la de si un
empresario de hoy debe intervenir en política. El empresario de todas las
épocas, y bajo cualquier sistema de gobierno, ha participado en alguna forma en
la vida política, y el empresario de hoy, lo quiera o no, le guste o no, tendrá
que seguir haciéndolo. En la época en que vivimos, no cabe ni la neutralidad,
ni el abandonismo, ni el absentismo ideológico o político. Todas y cada una de
las facetas de la actividad humana están politizadas, desde la religión y la
cultura, hasta el deporte, el ocio o la vida sexual, pasando incluso por el
amor, la esperanza, el derecho a nacer y el derecho a morir. Y como el
empresario aunque algunos lo pongan en duda es un ser humano, no tiene otro remedio
que sentirse comprometido, cuestionarse su situación y hacer algo. Y ahí nace
la dificultad. El problema, en efecto, no es si debe intervenir, sino cómo
intervenir en la vida política. Y antes de decidir la forma de su acción o la
calidad, o la intensidad de la misma, el empresario debe ser, de un lado,
consciente de su situación actual, y de otro, definir con la claridad que le
sea posible cuáles son de verdad sus objetivos y sus aspiraciones.

En primer lugar, el empresario tiene que aceptar el
hecho de la relación que existe entre sistemas políticos y modelos económicos y
la influencia decisiva de las tácticas políticas sobre la viabilidad de la
libre empresa. En segundo lugar, el empresario tiene que aceptar que el margen
real de actividad de la libre empresa está quedando reducido a unos márgenes anquilosados,
como consecuencia de la creciente intervención estatal en el sistema económico
a través de las planificaciones, las nacionalizaciones y la burocracia
administrativa. En tercer lugar, el empresario tiene que aceptar que la teoría
de la economía de mercado no cuenta ya con un apoyo intelectual y periodístico
claro, y que su imagen está deteriorada profundamente ante la opinión pública.
En cuarto lugar, el empresario tiene que aceptar que el juego de fuerzas
políticas se ha alterado radicalmente, y que su supervivencia como tal
empresario libre requiere acciones concretas de carácter político.

Todo esto no ha ocurrido porque sí. El empresario Venezolano
tiene que aceptar sus culpas. Lo que ha sucedido, en definitiva, con el
capitalismo Venezolano es que ha vivido más de los abusos que de la ortodoxia
del sistema. Sin justicia fiscal auténtica, sin igualdad real de oportunidades,
sin libertad natural de iniciativa, sin ambiciones filosóficas, el capitalismo
no es, desde luego, justificable. Un capitalismo que hubiera aplicado
estrictamente sus principios teóricos habría resuelto el problema de la
educación, de la salud, de la seguridad social, de la formación cultural sin el
menor esfuerzo. Pero el capitalismo ha tenido miedo y se ha limitado a operar
con el estándar de un hombre raquítico y conformista en el marco exclusivo de
las cosas materiales. Ha despreciado la filosofía como ciencia práctica y ha
convertido el ocio es decir, el único refugio de la libertad de la especie
humana en una estupidez institucionalizada.

Pero las cosas tienen que cambiar, y van a cambiar.
Las nuevas generaciones están llegando al convencimiento de que el idealismo y
la imaginación sólo son peligrosos para los que no tienen ideas ni imaginación,
para los que entienden que el poder sólo vale para proteger su poder y para los
que creen que la humanidad tiene miedo a la libertad. El capitalismo, para que
pueda sobrevivir sin necesidad de recurrir a la violencia ni a la tentación del
imperialismo, habrá de producir su revolución cultural, es decir, la producción
de bienes culturales auténticos y no mediatizados ideológicamente. Tendrá, por
descontado, que hacer más drástica y más efectiva la superación de los
intereses individuales en beneficio del bien común, pero no para destruir la
libertad individual, sino, precisamente, para asegurarla. En todo lo demás, el
capitalismo tendrá que ser verdadero y auténtico capitalismo, respetando al
máximo la doctrina de la economía del mercado y combatiendo los abusos con
rigor.

Ahora bien, desde mi óptica y aunque
en ocasiones parece que el sector privado tuviera vetado incursionar en
política más allá de ciertos límites, lo cierto es que la experiencia en otros
países ha demostrado que la participación de empresarios en el ejercicio público
arroja más beneficios que inconvenientes.

  

No es raro que la intervención en esta clase de actividades
por parte de elementos de dicho sector es motivo de censura y en ocasiones
hasta de escándalo.

Muchos de los ataques que suelen hacerse a los empresarios
con aspiraciones a participar en política provienen desafortunadamente de su
propio sector. A algunos parece todavía un acto contrario a su identidad
cuando, definitivamente, cualquiera sabe que la mejor manera de cambiar las
cosas es desde adentro y no siempre desde la barrera.

Es difícil pensar que el sector privado pueda realmente jugar
un papel importante en la vida política cuando de sus propias entrañas se
generan esta clase de actitudes. Está claro que lo mejor para el empresario,
que de alguna manera tiene su vida, de cierta forma, más segura en el aspecto
económico, vaya en busca, si así lo desea y tiene la capacidad para ello, a
participar directamente en las transformaciones que busca. Esto, desde luego,
si también tiene la aptitud y disposición para predicar con el ejemplo.

Ahora con los cambios que el país demanda y si estos se
llegasen a materializar, estaríamos en las puertas de procesos electorales, es
bueno reflexionar en todo ello y pensar que la política no está vedada al
empresariado. Este, al contrario, ha demostrado tener gran éxito en ese terreno
y contribuir a la sociedad a la que desde la empresa ha contribuido generando
empleos. La política la hacemos todos, de una forma o de otra y siempre hay que
recordar que sólo participando podremos tener un mejor lugar para vivir.

Por otro lado, hay cambios que tienen que darse desde la clase política, tendrá que renunciar a una serie de actitudes, privilegios y prerrogativas históricas que ya no tienen mucho sentido y que nunca podrán recuperarlo. La coordinación entre el poder político y otros poderes fácticos, la revisión del poder de las mayorías, el control del abuso de las minorías, la excesiva personalización de los sistemas electorales, la necesidad de evolucionar hacia una democracia más directa y la profesionalización del oficio son temas que provocarán un nuevo estilo y un nuevo lenguaje políticos. Ya no es posible un aislamiento elitista y cómodo en una situación cambiante y dura; ya no es posible separar la ignorancia de la irresponsabilidad; ya no es posible confundir el ingenio con la inteligencia. La sociedad necesita, en resumen, una clase política mejor.

* Punto de Corte no se hace responsable de las opiniones expresadas en los artículos, quedando entendido que son de entera responsabilidad de sus autores.

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