Tiempos de aprendizaje Jesús Alberto Castillo


El Estado venezolano tiene su partida de nacimiento a partir del Siglo XX con Juan Vicente Gómez, quien fue habilidoso para acabar con el caudillismo heredado desde la disolución de la Gran Colombia. El Benemérito aprovechó los recursos de la naciente industria petrolera para fortalecer la burocracia oficial, construyó vías de penetración para acabar con el aislamiento del territorio y creó el ejército para ejercer el poder en todos los rincones del país. Sin embargo, no podíamos hablar de modernidad política. La sociedad estaba bajo el control de una autoridad personal, los partidos políticos proscritos, una población mayoritariamente rural, analfabeta y víctima de las mismas enfermedades de un siglo atrás.

La muerte del dictador cambió el panorama socio-político de Venezuela y abrió un proceso de modernización que se expresa en un entramado de relaciones sociales con centros de salud, escuelas y diversidad de instituciones públicas. Este proceso de modernización promovió un sentido de ciudadanía, donde las personas constituyen su ideario colectivo sobre las relaciones interpersonales en un determinado espacio geográfico. Los gobiernos sucesivos fueron abriendo, de manera gradual, espacios para la vida política y modernizando la acción del Estado en función de un modelo económico keynesiano que respondiera a las múltiples demandas de la población.
De acuerdo a Tito Lacruz (2006) los gobiernos de la primera mitad del siglo XX, incluyendo al propio gomecismo, se insertaron en el positivismo, es decir, una corriente de pensamiento que enfatizó en la preponderancia de los datos físicos de una sociedad –clima, raza, geografía, historia, demogragía- como determinante en la cohesión e identidad cultural. Asumió reglas empíricas (de las ciencias naturales) para explicar el comportamiento de los fenómenos sociales, los cuales evolucionan a través de los datos físicos. Tomando en consideración que esta corriente es de origen europeo, se analizó a la sociedad venezolana mediante modelos de Europa y Estados Unidos.

Con la instauración de la democracia puntofijista se disuelve esa visión positivista y se asume que el pueblo tiene capacidad de acción política fuera de toda perspectiva evolucionista. Sin embargo, debemos tomar en cuenta que, debido a la represión del régimen perejimenista, la sociedad civil no había alcanzado cierto grado de madurez para el desarrollo de la participación política. Ante tal realidad, los partidos montan toda su estructura sobre el concepto de soberanía popular y se convierten en intermediarios entre el Estado y los ciudadanos. Se construye una sociedad policlasista y la agenda pública se orienta en ofrecer educación, salud y seguridad pública de manera gratuita.

  

Los arquitectos del Pacto de Punto Fijo tuvieron que naufragar en una sociedad convulsionada por la guerrilla, con alta influencia marxista y apoyada por la extinta Unión Soviética y el régimen cubano. Logrado el objetivo de insertar a la mayoría de sus líderes a la vida política, consolidan la estabilidad democrática del país. Pero, a partir de la década de los 70- con el boom petrolero y la nacionalización de su industria- el modelo puntofijista comienza a entrar en crisis. Los excesivos recursos de la renta petrolera intoxicaron la forma de gobernar en democracia. El clientelismo y la demagogia comienzan a llenar la escena de la vida política nacional. Era más fácil aumentar el gasto público y satisfacer a cuentas gotas las demandas que incentivar el aparato productivo interno. Lo cierto de todo esto es que, constreñido el mercado petrolero mundial, los gobiernos puntofijistas presentaron alto déficit en la balanza de pagos y no pudieron continuar con su clientelismo perverso. Aunado a los escándalos de corrupción administrativo, el modelo puntofijista implosiónó.

La aparición en escena de un salvador, como el Teniente Coronel Hugo Chávez, con un verbo seductor y abiertamente esperanzador facilitó el ascenso de un modelo político alterno. Si bien en principio la propuesta chavista enarboló las banderas del adecentamiento administrativo y reivindicar la soberanía del pueblo, con el devenir del tiempo se convirtió en un sistema de gobierno anclado en el militarismo y con altas dosis de totalitarismo. Impulsó políticas clientelares, al igual que el puntofijismo, con poca eficiencia en la prestación de los servicios públicos. El chavismo, expresión que incluye a su mentor como a Nicolás Maduro, se ha consolidado en neomilitarismo, abrazado de populismo mitológico. Enfatiza en la redención del pueblo y sus costumbres ancestrales, pero en la práctica se afinca en los tentáculos de una élite militar corrupta y parasitaria, con algunas facciones de civiles que han demostrado ineficiencia en la acción de gobierno.

Los tiempos actuales son necesarios para reflexionar sobre la realidad socio-política. Es la hora de erradicar esas prácticas populistas que han formado parte del quehacer político en Venezuela a lo largo de su historia contemporánea. Ello requiere contar con ciudadanos formados, probos y conscientes de la organización comunitaria. Como venezolanos debemos aprender la lección. La política necesita gente comprometida con los valores éticos y las reglas de la economía productiva. Se requiere de gobernantes que crean fielmente en la educación como vía para la transformación socio-política, que sean verdaderos estadistas, capaces de visualizar los permanentes cambios en la sociedad globalizada. Finalmente, gobernantes capaces de tomar decisiones, por muy duras que sean, para llevar al país hacia estadios de convivencia social, libertades públicas y prosperidad económica.

Luis Antonio Carvajal Chacón

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Sobre el Autor

Luis Antonio Carvajal Chacón
Licenciado en Comunicación Social Universidad Cecilio Acosta del Zulia Locutor y Moderador de Radio y Televisión en el Estado Sucre CNP: 21.184