El mundo kafkiano en tiempos de cuarentena Jesús Alberto Castillo

“Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia”. Así comienza Franz Kafka a narrar “La metamorfosis”, una novela que ha impactado en millones de lectores y es referencia obligada en muchos círculos intelectuales sobre la incomprensible convivencia humana.
La genialidad del escritor checo radica en haber abordado el mundo complejo de las relaciones familiares. En ese relato, muchas veces calificado de surrealista, expone las costumbres y tradiciones en el seno de una familia pequeño burguesa de Europa a principios del siglo XX, la cual entró en apuros económicos y tuvo que amoldarse a las duras exigencias de la vida. Pues, el agente viajero Gregorio Samsa, único sostén familiar, quedó impedido de trabajar cuando sorpresivamente se despertó convertido en insecto. En ese hogar afloran, inicialmente, sentimientos de amor y solidaridad que, luego se convierten en odio e incomprensión hacia Gregorio, por ser una pesada carga para sus padres y hermana, hasta confinarlo a su estrecha habitación, con un sofá, baúl, cama, escritorio y llamativo cuadro con la imagen de una dama ataviada de pieles.
Kafka se retrata en su creación literaria. Vive en carne propia ser parte de un hogar marcado por esas tortuosas relaciones que, muchas veces, le impedían, desarrollar su labor literaria. A pesar de ser abogado, descubrió su pasión por la escritura. Pero no tenía paz familiar y anhelaba estar solo para escribir a todas sus anchas. De hecho la palabra Samsa, apellido del protagonista de la obra, tiene el mismo número de letras que Kafka. Una especie de criptograma literario que usa el autor para no delatarse a primera vista, pero que no podemos pasar por alto. Deja entrever, usando la figuración metafórica, el grado de concentración que necesita el exigente oficio del escritor. Por eso optó en mudarse a una habitación sencilla donde la soledad le permitió tomar su pluma para dar rienda suelta a la imaginación.
“La metamorfosis” da mucha tela que cortar. Todo se inicia con ese cambio repentino de Gregorio Samsa en un bicho horripilante – algunos señalan que en cucaracha, araña, escarabajo, aunque el autor no lo señala – justo cuando debía levantarse para emprender un viaje de trabajo. Esa transformación que ha tenido en su lecho no forma parte de una pesadilla. Se da cuenta que es un hecho de la realidad cotidiana. Quisiera prolongar el sueño, aunque el despertador le anuncia que debe levantarse, para creer que es un sueño. La dura realidad le advierte que es un ser mutante y, con el tiempo, termina resignado a ese cambio en su anatomía. Es el reconocimiento y adaptación de lo inimaginable, la internalización de que nos puede ocurrir algo no previsible. Situación que, para algunos, puede trastocar la conducta humana y llevarlos a tomar decisiones lamentables.

  

Kafka recrea minuciosamente cada movimiento de Gregorio Samsa en su nuevo aspecto. De la noche a la mañana se convierte en un ser insignificante que causa repugnancia a propios y extraños. Al infortunado Gregorio no le queda más remedio que resignarse a su nueva vida: llevar su caparazón a cuesta, mover los frágiles tentáculos, emitir un silbido casi inteligible y dar asco a los suyos. Un insecto aislado y alimentado con desperdicios arrojados con indiferencia por su hermana Grete. Al final muere de mengua y desilusión ¡Fatídico destino para alguien acostumbrado a viajar constantemente y trabajar afanosamente en procura de cubrir las necesidades propias y de sus parientes.
Uno se sumerge en cada episodio de la obra y redescubre que no estamos exentos de pasar por una circunstancia adversa. No es que vamos a convertirnos en un horripilante insecto como al pobre Gregorio, eso es parte de la ficción que resalta Kafka; sino que podemos pasar por momentos fatales y, cuando esperamos recibir un apoyo, nos dan la espalda quienes menos pensamos. He allí la gran relevancia de la obra kafkiana y que debe servirnos de reflexión, a propósito de que hoy estamos inmersos en una cuarentena, producto de la pandemia del coronavirus que azota a la humanidad entera. Tenemos que volver la mirada hacia nosotros mismos y entender que somos minúsculos seres en la infinita galaxia que nos cobija. Nos ofuscamos por tareas banales y descuidamos nuestra entidad personal, por lo que no logramos conocernos interiormente.
“La metamorfosis” es un espejo clave para vernos y reencontrarnos como miembros de una sociedad que requiere de valores humanos. Franz Kafka tiene la virtud de adelantarse y llamarnos a la reflexión profunda. Ese mundo kantiano nos persigue y debemos repensar nuestra existencia en el planeta. Pues, como dice Jordi Llovet, crítico literario, “la obra de Kafka mantiene hoy toda su vigencia y puede interesarnos tan vivamente como interesó a sus contemporáneos, ello bien puede deberse al hecho de que vivimos en el mismo laberinto de caminos misteriosos en que él peregrinó toda su vida sin llegar a encontrar nunca una salida”. El mañana no será como el ayer, una vez que salgamos de esta cuarentena. ¡Que sea el lector quien tenga la última palabra!

Luis Antonio Carvajal Chacón

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Sobre el Autor

Luis Antonio Carvajal Chacón
Licenciado en Comunicación Social Universidad Cecilio Acosta del Zulia Locutor y Moderador de Radio y Televisión en el Estado Sucre CNP: 21.184